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PRINCIPIANTES,
por Miguel Albero. |
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| 'Principiantes' es el título de la novela con que Miguel Albero -nacido en Madrid, pero residente en Mendoza desde hace dos años- procura estimular un don en jaque, el ejercicio de la imaginación. Dentro de ella, compartiendo un juego narrativo de permanente buen humor, se alternan dos líneas principales. Una, la marcada por Fermín Maroto, un maestro en el estudio de los hombres que atraviesan la vida sin superar –en ocasiones, hasta inadvertidamente-, el vuelo raso de los principiantes. Y otra, la del narrador en sí, que con la excusa de transmitir una serie de casos ejemplares, se permite soltar en cada página sus propias reflexiones sobre cualquier tema: la televisión en los ómnibus, las fundaciones filantrópicas, los viajes de estudio, los asesinos seriales, la estética de los bancos y de las casas inglesas, las variaciones tácticas para la búsqueda de personas, los proverbios chinos, las residencias geriátricas, los recursos del barroco, las elecciones municipales, las tertulias literarias, la utilidad de las grandes cúpulas, las propiedades curativas de las hierbas, las corridas de toros, las maneras de encontrar las llaves del auto, las falsas chimeneas, los elefantes que pueden caber en la sala de espera de un médico, el turismo de la tercera edad o la eficacia de los tratamiento contra la caspa.
Todo ello está dicho con la ligereza de quien, aparentemente, desvaría, pero que, sin embargo, tras los tonos irónicos, se instala en la parodia de realidades dolorosas y absurdas. Ambas líneas, en vez de oponerse, resultan convergentes. De tal modo, la clasificación de los principiantes reproduce el estilo, como si la obra se hubiese narrado con dos manos, una empeñada en darle un trazo verosímil, una estructura lógica, y otra libre, corriendo entre delirios y fabulaciones. Esa conjunción increíble es, sin embargo, absolutamente real. Y se proyecta mucho más lejos de lo que dice. Aunque primero se presentan: 1.PRINCIPIANTES POR RAZON. Son aquellos que no pueden concluir lo que han iniciado por un error de los supuestos racionales. Se equivocan una vez, pero de una manera tan contundente que se retiran sin nuevos intentos.
2. PRINCIPIANTES POR CONSUNCION. Se entregan con tanto fervor a los movimientos iniciales que pierden fuerza para continuarlos. Por ejemplo, cumplen una comida con tanta voracidad, que aún siendo adoradores del postre, nunca lo llegan a comer.
3. PRINCIPIANTES POR OMISION. Le acuerdan tanta importancia a los comienzos que lo dejan para el final. Lo postergan infinitamente y se les vuelve entonces un paso irrealizable.
4. PRINCIPIANTES POR CONVICCION. Son aquellos que pretenden realizar algo de una manera tan ostentosa, con una firmeza tan contundente, que subestiman los obstáculos y las circunstancias opuestas. Atacan aullando con las armas automáticas pero pueden sucumbir –y eso les pasa- por culpa de un hondazo certero.
5. PRINCIPIANTES POR OBLIGACION. Son quienes carecen de opciones, lo único que pueden hacer es iniciar algo que por su determinismo, su rigor excluyente, les provoca tal grado de angustia que paraliza sus andanzas. Perdidos en el hoy, cualquier hecho futuro constituye para ellos una sorpresa sin respuesta.
6. PRINCIPIANTES POR AMOR. No abundan, pero son conmovedores. Por una timidez insuperable o por su descreimiento sobre la vitalidad de un amor, no lo acometen o lo hacen en secreto o lo detienen en un punto inmóvil, privado de cualquier desarrollo, es decir, de cualquier riesgo. Eso lo transmiten al resto de sus actos, deviniendo seres candorosos pero torturados, y en casos extremos, proclives al suicidio.
Sin embargo, los principales principiantes son aquellos que no se han clasificado, los que subyacen en cada sospecha, en cada viaje, en cada interrogante. Esos que buscan una causa, una razón, aunque como Fermín Maroto –el buscador, el gran protagonista - no lleguen a encontrarse con los días siguientes y ni siquiera alcancen a narrarse a sí mismos. Es decir, todos los que sean un hombre en movimiento. Un hombre posterior a quienes nunca llegaron a medir sus intentos, y antes ser molicie, antes de ser el que lo supo todo. Antes incluso de ser literatura. Es decir, todos quienes buscan, en cada una de sus propias páginas, un principio nuevo. Igual que en las huellas ocultas de este libro, aprendices eternos, persiguiendo un principio -y después otro y otro- que los tenga de pie.
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