No Ficcion / Borges, 100 años 

Interpretación de un poema del Buenos Aires borgeano

por Oscar D'Angelo
Es imposible separar a Borges de Buenos Aires, la ciudad que lo vio nacer un año antes del comienzo del siglo veinte. La urbe está tan amalgamada al poeta que forman una unidad memoriosa, contemplativa y musical. En sus tres primeros libros de poemas se presenta verso a verso la Buenos Aires de las orillas, la que limitaba con la llanura pampeana, la que crecía sin la más mínima planificación urbanística y que Borges le canta como nadie lo había hecho hasta entonces. Pasada la niñez, el joven Borges crece con la ciudad que se agranda, alejado del centro y de los adoquines del puerto. Lo hace seguramente de la mano de Evaristo Carriego y Macedonio Fernández y la vemos incrustada en toda la obra de las décadas del veinte y del treinta.

Sin piedad, hizo verbo con los adoquines y las esquinas, la arquitectura espontánea y los rezongos, la silueta acariciada por la luz de los atardeceres y los rebuscados ambientes que aparecían y desaparecían con el devenir del siglo.

Es verdad que Borges también estuvo muy ligado a la cara británica de la capital argentina, a la cara aristocrática, pero en lo profundo de su verbo poético es un volcán nostalgioso el que aflora permanentemente en su brillante estética y en su erudito cantar, muchas veces melancolizado.

Buenos Aires es el soporte o el aguantadero poético de su añoranza; y ésta es la que le posibilita discurrir entre las metáforas, el ritmo, la perspectiva y la memoria.

Tomemos por ejemplo uno de sus poemas a la ciudad indiana:

BUENOS AIRES

Y la ciudad ahora es como un plano

de mis humillaciones y fracasos;

desde esa puerta he visto los ocasos

y ante ese mármol he aguardado en vano.

Aquí el incierto ayer y el hoy distinto

me han deparado los comunes casos

de toda suerte humana; aquí mis pasos

urden su incalculable laberinto.

Aquí la tarde cenicienta espera

el fruto que le debe la mañana;

aquí mi sombra en la no menos vana sombra final se perderá, ligera.

No nos une el amor sino el espanto;

será por eso que la quiero tanto.

Y la ciudad ahora es como un plano.

En este verso Borges incluye un "ahora" en la mitad del mismo, es el tiempo lógico de la instantaneidad del momento inspirativo en la construcción del poema, es, podríamos decirlo, un segundo reflexivo melancólico. Luego le canta a sus "humillaciones y fracasos" que el poeta ve en un plano bidimensional, tal vez desde las mismas coordenadas de su tristeza apesadumbrada.

Y sigue: "Desde esa puerta he visto los ocasos", donde el adjetivo "esa" señala la proximidad de lo que ha visto, para continuar con "ese" mármol, cercanía que nombra la frialdad de la desesperanza y el sinsentido de la espera.

Aquí el incierto ayer y el hoy distinto es interpretado como una mixtura fusionada del pasado y presente donde éste último, o sea el tiempo actual de aquel momento discrepa desde la diferencia que depara toda suerte humana.

Aquí mis pasos/urden su incalculable laberinto, pareciera que la intriga mete al autor en un embrollo sin salida por el caminar Buenos Aires de sus amores y de su infortunio. En el verso siguiente hay un segundo "aquí" de los tres aquíes que sostienen al poema en un lugar y en un momento bien determinado. Trata de remarcar con el triple disparo adverbial el preciso lugar desde donde metaforiza y sufre. Sufrimiento de cenicienta (la tarde), que espera el sufrimiento que le debe la mañana.

Luego reaparecen las sombras, o sea el nebuloso y oscuro momento donde se sobreponen su sombra con la sombra final de la muerte ligera. Posteriormente profiere a manera de cierre: no nos une el amor sino el espanto, verso clave para definir los vínculos comunes de pavor que unen a todos los habitantes de su amada Buenos Aires. Unión que representa un pacto con la tristeza, la melancolía y el dolor. Interrogándose al final si no es por esto último: que la quiero tanto. La claridad de su sentir por la ciudad se expresa cristalinamente en otro poema homónimo: Buenos Aires, el otro, el mismo.

Antes yo te buscaba en los confines que lindan

con la tarde y la llanura

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Ahora estás en mí, eres mi vaga

suerte, esas cosas que la muerte apaga.

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